Cuando estaba demasiado obsesionada con el cuidado de la piel


¿Qué te pones en la piel? No es una frase de arranque hipotética; quiero saberlo de verdad. Es una de las primeras preguntas que hago cuando conozco a alguien. Siempre me fijo en si hay acné, deshidratación o líneas de expresión. Veo el mundo a través del cutis, pero no lo juzgo. Y es que llevo dos décadas buscando respuestas.

Empecé a luchar contra el acné quístico en secundaria, cuando mis hormonas empezaron a hacer de las suyas. A los 12 años, mi dermatólogo me recetó productos tópicos. Al año siguiente, usaba Proactiv y tomaba antibióticos. Huía del espejo, me lavaba los dientes a oscuras y mantenía la mirada baja en las conversaciones. En mi primer año de instituto, comencé a tomar Accutane, lo que significaba someterme a análisis de sangre mensuales y tener los labios tan secos que ni siquiera el Aquaphor me reconfortaba. Cuando hice las maletas para ir a la universidad, me llevé mis píldoras anticonceptivas y una nueva y radiante receta de espironolactona, un medicamento oral que se utiliza para tratar la hipertensión y, dado que bloquea las hormonas andrógenas, puede ayudar a combatir el acné.

La combinación funcionó y tuve la piel impoluta casi toda la veintena. Sin embargo, jamás me olvidaba de que el acné había dominado mi vida. Me lavaba la cara todas las noches, sin importar lo borracha que estuviera, y estudiaba mi imagen cuidadosamente en el espejo, vigilando el mentón en busca de algún signo de brote inminente. Engullía mis pastillas encantada, una ofrenda nocturna a las imprevisibles hormonas que se agitaban bajo la superficie.

Una década después de empezar a tomar la espironolactona y la píldora, empecé a tener reglas irregulares. Acudí a especialistas, me hicieron ecografías y probé la acupuntura. Cuando mi ginecólogo finalmente me retiró el combo de pastillas, mis ciclos volvieron a la normalidad inmediatamente. Me sentí aliviada pero nerviosa a la vez. Por primera vez en años, mis hormonas tenían vía libre para hacer estragos.

Como era de esperar, al dejar la espironolactona, el acné hormonal aumentó. Los ocasionales granos o espinillas no eran tan graves como el acné quístico al que me enfrenté en el instituto, pero volví a sentirme como una adolescente impotente. Da igual que ahora tuviera 30 años y una relación estable: me aterrorizaba la idea de que el acné me devorase de nuevo.

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Author: Hola Chuleame

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